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No hay conquista sin ficción

jueves, 24 de febrero de 2011

“Yo (...) conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor y no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrios (...), y otras cosas muchas de poco valor. (...). Todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad.”
           
Esta fue la primera justificación noble para un propósito egoísta: invadir pueblos indígenas que en conjunto hoy conocemos con el nombre de América. Se dice que quien llega primero, quien descubre algo se convierte en dueño y poseedor de eso más allá de las consecuencias que dicho apropiamiento conlleve. Es preciso entonces investigar profundamente sobre el significado exacto de la palabra descubrimiento, porque entiendo que no se descubre lo que ya existe, sino que sólo se lo conoce. Así es como hace cinco siglos los europeos llegaron a estas tierras buscando nuevas rutas hacia las Indias, con el objetivo de comercializar con las mismas.
Pero hubo un giro de trescientos sesenta grados en ese propósito cuando un viernes doce de Octubre al pisar la Isleta de los Lucayos (que en lengua indígena es  Guauahani), Colón visualizó “gente símplice en armas, (...) muy fermosa, de cabellos como seda de caballos, (...) harto blancos que si vestidos anduviesen y guardasen del sol, serían cuasi tan blancos como en España, (...) muy sinmal ni de guerra”[1]. La sensación de apropiación los envolvió en una esfera de poder y, aunque no es fácil juzgar los actos de nuestros antepasados, es relevante criticarlos por diversos motivos. En primera instancia se necesita recuperar la memoria, profundizar los conocimientos del pasado para no condenarse uno mismo a aceptar el futuro sin poder siquiera imaginarlo. En segunda instancia, puede uno comparar fácilmente aquel pasado con este presente: los acontecimientos actuales suponen la existencia de un mundo semejante en pensamiento y obra a ese que hizo correr sobre nuestras venas sangre europea. Fray Bartolomé de las Casas aprobó la evangelización de estas tierras pero enjuició el genocidio y el dominio diciendo que se trataba de hombres sin más ni menos que dar pero seres humanos al fin. En otras palabras, suprimió la ficcionalización de la realidad que Colón utilizaba como método de justificación. Está claro, sin embargo, que es impensable hoy que dicho accionar no fuera el único porque la realidad se conocía por escasos medios (así es como el Diario de Colón es un documento de suma importancia); y es por eso que no es fácil juzgarlo. Pero la realidad actual nos plantea paradójicamente lo mismo: los medios catalogan una Guerra contra el Terrorismo, contra un sustantivo abstracto que engloba al fin y al cabo una problemática de antaño, que se supone va a salvar a la humanidad cuando deberíamos preguntarnos si esa entidad que nos propone la salvación no es la principal gestora de semejante calamidad. Construir la realidad fingiéndola es una acción que forma parte del pensamiento actual y que se lleva a cabo por y para seres humanos que poco difieren con los de hace quinientos nueve años.
            Cabe aclarar que la manera de juzgar debe nacer de la idea de libertad y moralidad. Como se dijo, la construcción del hombre americano que Colón hace fue creíble porque no existía en la época otro camino hacia la certeza. El discurso narrativo fue entonces el único. El Almirante Mayor de la mar océana condicionó su mirada por un modelo previo, un parámetro, un concepto de hombre civilizado que traía de España. Dicho modelo no pudo ser refutado porque existía un deber ser a priori del que sólo era poseedor el Viejo Mundo y considerar que ese deber ser es bueno, único y universal es una manera de justificar y de legitimar los accionares. No había un imperativo categórico, como postula Immanuel Kant, no había autonomía que pudiera igualar razón y ética. Los europeos no obraron en virtud de la buena voluntad hacia los indígenas, porque aunque para ellos el bien se hallaba en sus intereses, la masacre, la reducción a un 25% de la población aborigen y la desaparición de cientos de grupos étnicos y de un incalculable caudal de conocimientos, no fue ni bien visto ni bien aceptado por los mismos.
            Es interesante estudiar acerca de la filosofía a la que apeló la conquista porque existen hoy imborrables secuelas que comprometen a la inmensa humanidad, principalmente a la búsqueda de un pasado. Tanto el interés comercial (botín que representaban las tierras y las riquezas que albergaban) como la justificación religiosa entendida como la obligación de los reyes cristianos de extender el imperio del cristianismo y como la necesidad en que viven los infieles de entregarse en la religión cristiana, fueron parámetros que conformaron un sistema planteando una verdad alejada en su totalidad de la refutación. Propio de la época fue esta ciega aceptación que permitió la imposición de imperativos universales que no incluían a los aborígenes. Era preciso enseñarles mediante la apropiación, la esclavitud, desviando costumbres, domesticando. (...)“El que quiere el fin, quiere también el medio indispensablemente necesario para alcanzarlo, si está en su poder.”[2], postula Kant. La domesticación propone el remedio que rescata a los aborígenes de la barbarie y es también un arma imprescindible para despejar de obstáculos el camino de la conquista. Y hablo en presente porque la colonización o, mejor dicho, la neocolonización que se ha instalado a partir de ese doce de Octubre presenta actualmente una faceta igual pero más amplia, desde el punto de vista técnico: la habilidad para proceder es menos evidente que la de nuestros antepasados pero no imposible de ver. El racismo al que se encuentran sometidos los aborígenes de países como Guatemala, Paraguay y Perú siguen proponiendo la existencia de una legitimación, de una verdad que impera, de una “América latina que trata a sus indios como las grandes potencias la tratan a ella”[3]. Antes y ahora, el racismo convierte al despojo colonial en un acto de justicia. América latina está ciega de racismo y continúa justificando...
            Pero como ya dije, nuestra conquista es mucho más amplia porque incluye a su vez la ficcionalización de la realidad en un mundo globalizado como método de justificación, de reducción, de deformación. En el discurso narrativo creado en los textos de Colón se declara explícitamente que los hechos fueron ejecutados en nombre del Dios de los cielos mientras que hoy se cumplen en nombre del dios del Progreso. Ambos métodos pueden enfocarse como una coartada para el saqueo. Frente a eso, Sartre[4] nos dice que se trata de una especie de mala fe, que implica la falta de responsabilidad que atribuye un valor universal a un acto planteado desde el principio como una excusa. La evangelización avaló la masacre y confundió los valores basados en las máximas del propio cristianismo. Pero en un contexto cultural que la aprobaba no pudo ser interpretada como un pretexto sino como una fundamentación.
            Eduardo Galeano denuncia que “la historia cambia según la voz que la cuenta” porque tanto para emprender una colonización como para definir una tendencia en el pensamiento de la humanidad a raíz de intereses manipuladores, se necesita de técnicas basadas en discursos que disfracen la realidad. De ahí que la trayectoria de la historia se define por el valor que en sí tiene una cosa para el emisor. Dichos intereses son ejecutados por medios que encubren la verdad. En sus diarios y cartas, el Almirante Colón “afirma descubrir cuando verifica, pretende desvelar cuando encubre y describir cuando inventa”[5]. Ahora la nueva forma de colonización presentada como neocolonización se realiza por medios que impiden conocer ciertos valores que las culturas despreciadas han podido perpetuar, y en su otra cara, por el uso de recursos mediáticos que permiten el aprovechamiento de la dominación por parte de las potencias sobre pueblos que no son inferiores en capacidades sino en cuestiones relativas al sentido de la posesión. Hoy, el tiempo es dinero como nos reveló Henry Ford. Para los mayas el tiempo no se podía comprar ni vender, era sagrado como la tierra, como el ser humano. Esos son factores de cultura, de historia “imprescindibles para nuestra imprescindible invención de una América sin mandones ni mandados”[6].
            Pero es pertinente analizar que de los hechos del pasado, a menudo dolorosos, hemos nacido nosotros. Somos lo que somos porque juntos hicimos la cultura que nos une. Denunciar los actos de nuestros antepasados sin enjuiciar ni condenar nos permite entender mejor este presente y orientarnos con la mente abierta hacia el futuro. A este presente no se llegó de la mejor manera, pero los hechos acontecidos nos han servido para adquirir nuestra autonomía como pueblo Latinoamericano unido. Sin embargo, a pesar de que se continúan poniendo rótulos y se siguen imponiendo imperativos erróneos mediante los secretos que callan los discursos, Latinoamérica no se lleva todos los laureles. La memoria de América ha sido mutilada por el racismo, por una máscara de miedo que nos sigue definiendo como hijos de Europa.

Marcela Paradela
Ensayo año 2001


1 COLÓN, Cristóbal. Los cuatro viajes del almirante y su testamento. Espasa Calpe. Buenos Aires. 1947. Pág. 31, 57.
[2] KANT, Immanuel. Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. Espasa Calpe. Buenos Aires, Argentina. 1946. Pág, 65.
[3] GALEANO, Eduardo. Ser como ellos y otros artículos. Ed. Catálogos. Uruguay. 1992.
[4] SARTRE, Jean Paul. El existencialismo es un humanismo. Ediciones Huasar. Buenos Aires. 1972. Pág. 18.
[5] PASTOR, Beatriz. Discursos Narrativos de la Conquista: Mitificación y emergencia. Pág. 61.
[6] GALEANO, Eduardo. Ibid. Pág. 33.

Lo difícil de empezar

lunes, 11 de enero de 2010
Y tan difícil es que hace más de 30 minutos que estoy pensando en cómo empezar. Pero siempre se comienza de alguna manera, de hecho lo acabo de hacer.
Venía en el colectivo de regreso a casa y pensaba en cómo comenzar a decir ese algo que quiero decir, ese algo que no sé qué es ni cómo se dice, ni a quién decirlo, ni porqué decirlo. Y pensaba en cuántas veces quise decirlo sin saber la manera o el motivo. Ese mundanal adentro mío. Y la señora sentada que lleva una bolsa con algo adentro que se mueve, y qué le pasa a la gente que se ofusca porque desde la bolsa hay ruidos de gato, ¿qué culpa tiene el pobre gatito si no tuvo que pagar cospel?. Y el señor a mi lado que me respira en el cuello, cuyo cuerpo cansado por el tedio del día y de la rutina, vestido de traje y corbata, duplica los 38ºC de temperatura que azotaron a esta solitaria tarde de enero de la city cordobesa. ¿Y qué andarás haciendo ahora?. Y esos números del boleto, que si los sumo, juego a encontrar la inicial de tu nombre en el alfabeto para creer que estás pensando en mí. Y qué ganas de llegar a casa para tomarme unos mates y ver si en mi correo electrónico he recibido un mail de mi hermano que está en Perú. Y qué será del Principito que dibujamos con mis hermanitas? seguirá colgado en la pared de su cuarto?. Mi anillo, ese anillo redondo y verde que parece un mapa mundi físico, no político; ese anillo que dejé en la mesa y que no encuentro, creo que lo perdí. ¿Y cuántos eran los colores que tiene el arcoiris?. Y mi vieja, que más que de fierro está hecha de oro, que me banca mi mal humor al llegar a casa, o al irme o al quedarme, le mezquiné sonrisas últimamente, ella no se lo merece. Y qué dura he sido conmigo misma en estos días, sin saber perdonarme esos pequeños descontroles que tantas veces he deseado tener. Mis contradicciones. ¿Y qué habrá sido de ese sueño de viajar?. ¿O del cd del loco Sabina?. Y qué ganas de leer otra vez el Capítulo 7 en el que la Maga y Oliveira se funden en un beso sideral, que de tan bien descripto que está, se me activan los sentidos, y me parece que es un beso de color azul con matices de rojos, que suena a melodía desencadenada, sabe a manzana, huele a piel de mar, y siento que meto la mano en un tonel de uvas a punto de convertirse en vino. Miro mis uñas y recuerdo que tengo que limarlas. Mañana voy a salir a caminar bien tempranito. Pero con seguridad el trabajo que le hice a mi jefa estuvo bien hecho, aunque no me convenció el diálogo con ese cliente; no soy la que deseaba ni la que esperaba, estoy enojada conmigo misma, debería, debería ser....o hacer...o deber...o tener...Bahh ¿Y qué comeremos esta noche en casa?, está lindo para una ensaladita!. Y qué linda la sonrisa de ese hombre con la camisa celeste desabotonada que está amarrado del volante como si fuera un salvavidas en medio del océano, qué linda su sonrisa cuando le dije "Buenas tardes Sr. colectivero" y le entregué mi cospel. Y si sigo pensando en tonteras, me voy a olvidar de tocar el timbre para que el Sr. colectivero me abra la puerta en mi parada, pero cómo cuesta tocar el timbre con mi mano acalambrada. Cúanto revoltijo adentro mío, cúanto mar desconocido y sumergido. Diría mi sabio y viejo amigo: "Ese mar de fondo que hay en tu corazón". Hay un mar adentro de otro mar en la profundidad, hay un mar de ruidos silenciosos que mucho tiene que decir, que esconde un grito para el viento de la superficie que cree que el mar, por mostrarse apaciguado en su soledad, es un mar inexistente. Pero es, existe y mucho tiene que decir...