LUZ VERDE PARA LAS OREJAS
Hace 6 años
Sucedió en otro tiempo y en otro lugar, ni muy lejos ni muy cerca, tan sólo fue un momento en la inmensa humanidad. Se apagaron las luces o las velas, simplemente oscureció. Sin poder verse, parados frente a frente, él la sostuvo por la cintura con su hábil brazo y fue recorriendo la más fina envergadura de su cuerpo, hasta apoderarse de él y transformarlo en su reinado. Ella, entregada al estremecimiento acusado por los cabellos de su piel, fue arqueándose lentamente. Levantó su pequeño brazo como apoyándolo en una nube invisible de aire hasta que, por ese irrazonable fenómeno, otra mano se dobló sobre la de ella, envolviéndola en una perfecta coincidencia. Quiso avanzar, pero una pierna se lo impidió. Estaba acorralada, secuestrada por la misma libertad, poseída por el cuerpo del otro, imantada y sin respiración. Hubo un suspiro cuando ambos levantaron sus cabezas...y se miraron. Era la posición más sublime de sus cuerpos, la existencia más absoluta, dos cuerpos energéticos a punto de liberarse sólo con un aleteo, un susurro, un pestañeo. Todo estaba quieto y en silencio, los cinco sentidos celebrando la comunión, la tierra girando y entonces...empezaron a bailar.
Estar conmigo, salirme de mí, verme desde afuera. Sentirme una isla, un pedazo de continente, sola, separada de la otredad, en otra parte. Salir del fondo, aparecer en la superficie. Y querer ser descubierta, encontrar la huella que deja el otro, sutil pero profunda. Pedirle al viento que la sople, que la borre momentáneamente; o a una ola, que me roce, que me erice con su tacto, burlándose de lo duradero, de lo perpetuo. Sentirme sola pero acompañada de mí, solamente juzgada por la noche, como un artista que sólo cuenta con las estrellas. Y sumergirme otra vez en la profundidad, descubierta ya por el paso del otro, contaminada por sus huellas.
ANTOLOGIA DE LAS MANOS
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